Miro el umbral de mi puerta
miro una vida sin sentido e incierta.
Veo a lo lejos una nube de engaños
y a mi ventana empañada con recuerdos y olvidos.
Solo percibo el silencio, el desgano, el desaliento.
Y a mí lado una vela que se apaga lento.
De pronto una sombra aparece,
y me abraza fuerte,
¿será la muerte que ha venido a verme?
Es la cruda verdad: en la vida todos mueren, por irónico que suene.
Si bien es cierto, no todo es odio y resentimiento: aún me queda el dolor y el arrepentimiento.
Una cortina de humo cubre mi ventana,
muy cerca a mi cama,
y sobre esta se recuesta mi alma.
Un alma cansada, exahusta.
El viento sopla a través de una rendija
y me visita de vez en cuando por si el calor me asfixia.
Cae la noche y el frío es intenso.
Mi alma se cubre de esperanza y acomoda su cuerpo tenso.
Cierra los ojos y piensa.
Sabe que no puede dormir, pero lo intenta.
Nuevamente se concentra
imagina un paraiso y se lamenta.
Ya harta de tristezas cae rendida
ante una realidad que no excluye y mendiga.
Una vez dormida, mi alma sueña e imagina.
Arrullada por su propio cansacio e ilusiones
cae en un abismo de emociones,
donde todo es posible; incluso ser invisible.
La muerte no es problema,
porque sabe que al despertar se habrá ido.
Pero también sabe que ese mundo maravilloso habrá desaparecido
y regresará a donde tanto teme: la vida y sus vientos enfurecidos.
Aquellos vientos que la golpean para hacerle entender,
que sin errores y sufrimiento nada tiene sentido.